El Tiempo de la Tristeza
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Cuento Infantil***
El Tiempo de la Tristeza
Hace mucho, mucho tiempo, existía un reino que aunque no era muy grande, era un verdadero ejemplo de progreso gracias a sus buenas gentes que eran gobernadas por un monarca justo. Entre todos habían ido superando los problemas y aunque no faltaba uno que otro delito cometido por algún insensato, en general la gente vivía en armonía y trabajando unida, sabían que así lograrían siempre tener un buen nivel de vida.
Una tarde cualquiera, llegó a oídos del buen rey, que en la aldea que rodeaba su castillo estaban ocurriendo cosas que le costaba comprender. Uno de sus lacayos le dijo que viéndose en la necesidad de adquirir un traje decoroso debido a su próximo matrimonio, había acudido al sastre real, puesto que conocía de sobra que el era el indicado para el trabajo que necesitaba; se dirigió a la cabaña donde aquel residía y cual no sería su sorpresa si al abrir el sastre la puerta, lo recibió de la manera más descortés y grosera. Extrañado no solo por su actitud, sino también por su desaliñada apariencia, contaba que intentó conversar con el sobre lo que necesitaba, pero éste le increpó que no tenía tiempo y que bien pudiera largarse de su casa; el lacayo que no salía de su asombro le preguntó el porqué de su actitud, a lo que este respondió que el solo trabajaría cuando bien le viniera en gana. Mas asombrado todavía, el hombre se retiró antes de entrar en un conflicto mayor.
El monarca bastante preocupado, le dijo a su sirviente que mandaría llamar al sastre con la excusa de que le confeccionara un nuevo y real traje y así podría ver si tan extraña actitud todavía continuaba. Lo que el rey no sabía y que pronto descubriría, era que no solo este hombre estaba contaminado con una actitud tan negativa; empezaron a llegarle malas noticias del herrero, del carnicero, del carpintero y de todos aquellos que en el reino tenían alguna importante responsabilidad. Pronto el monarca empezó a ser victima de todo esto, nadie quería hacer su trabajo ni adentro ni afuera del castillo. Sus alimentos no eran preparados o cuando le llegaban estaban fríos o pasados, no había quien cuidara de sus caballos y mucho menos quien confeccionara adecuadamente su ropa; entre otras cosas que también estaban saliendo mal, como la pereza que rondaba a su ejercito y la falta de deseo de todas las personas cercanas a el, que ya no querían hacer cosa alguna. El mismo se sentía invadido de un desgano tal que ya cumplir con sus funciones le demandaba un gran esfuerzo. Sumamente preocupado por esta serie de acontecimientos, promulgó un edicto en el que ofrecía una gran recompensa para aquel que descubriera lo que estaba pasando.
Mientras tanto, en lo oscuro del bosque, una bruja malvada reía a carcajadas revolviendo su viejo caldero, en lo profundo de su cueva había logrado la mezcla precisa que había estado buscando por años, con ella consiguió lo que siempre quiso: Expandir su maldad por todo el reino. Tarde en la noche, volaba en su destartalada escoba hasta el nacimiento del río que abastecía de agua a la población. Una vez allí vaciaba su menjurje en las cristalinas aguas, plenamente convencida de que tarde o temprano todos beberían su hechizo y así convertiría al reino en el más perezoso de la tierra. Con lo que no contaba la vieja bruja, es que como en casi en todo cuento fantástico existe algo malo, también existe lo bueno que vendría a contrarrestar de alguna manera tanta maldad, y lo bueno llegaría, en la persona de una hermosa doncella querida por todos, llena de una gracia sin igual y cuyos encantos hacían palidecer el atardecer. Ella acostumbraba a alejarse del pueblo por varios días, adentrándose en lo inhóspito del bosque para cazar, llevaba a cuestas la responsabilidad de su familia y sabía que las mejores piezas que podría poner a la venta solo las encontraría casi en los límites con el otro reino, por lo que no alcanzó a ser contagiada con el hechizo que en ese momento ya estaba alcanzando a todos por igual. Ella viajaba bien preparada, llevaba algunos alimentos necesarios y con ellos una botellita de agua que cuidaba con recelo, no sabía en que momento encontraría una quebrada o un río donde poder llenarla. Pasaba las noches subida en algún árbol, de esta manera conseguía mantenerse alejada de la mayoría de las bestias del bosque, a las cuales no temía pero que respetaba. Fue precisamente durante una noche de estas de sueño, en que estando profundamente dormida, un espíritu blanco se le manifestó con la apariencia de una luz muy fuerte. El espíritu que se hacía llamar del bosque, le transmitió imágenes de lo que estaba sucediendo en el reino y le dijo que ahora solo ella podría salvar a los suyos de tan terrible hechizo. Le dijo además, que solo bebiera de la botella que cargaba y que no se preocupara de que se le acabará el agua, que el se encargaría de que su pequeña botella estuviera siempre llena, hasta cuando ella logrará llegar al nacimiento del río y vaciara allí su contenido, acabando de esta forma con tan desdichada maldición.
La dulce doncella despertó en la mañana con los ruidos de los pájaros y recordando el sueño de la noche anterior, pensó que era una pesadilla. Pronto se olvido de el y emprendió el camino de regreso, no sin antes alimentarse de frutas silvestres y de beber de la pequeña botella que cargaba. Solo fue hasta el medio día, cuando el sol estaba en lo más alto, que notó que la botellita no se terminaba y recordó con gran susto el sueño de la noche anterior. Rápidamente y olvidándose de todo lo que llevaba, apresuró su camino para tratar de llegar al nacimiento del río antes del final del atardecer, no imaginaba como la anciana del bosque y que ella conocía como curandera, había logrado crear tanta maldad. La doncella corría y corría, saltaba obstáculos y parecía que volaba. Estaba ya comenzando la noche, cuando jadeando llegó al nacimiento, no sin antes y escondida tras de unos arbustos, ver como la malvada vaciaba el contenido oscuro de un pequeño caldero en las límpidas aguas del riachuelo. Esperó a que se alejara y vio con sus propios ojos como ese ser extraño tomaba vuelo montada en su vieja escoba rumbo hacia su tenebrosa cueva.
Muy asustada se acercó hasta la orilla y vació el contenido de su pequeña botella en las corrientes aguas, la noche que ya comenzaba, se vio de pronto iluminada por mil destellos que brotaban del agua en hermosos colores y que pronto tomaron rumbo corriente abajo. La bella doncella sonrió complacida, había contrarrestado la maldad de la bruja, ahora debía correr hasta el reino para así poder contarle todo al rey.
El rey “Echado” en su mullido y real sofá la recibió a regañadientes, tenía una soberana pereza de oír a quien fuera. La doncella cansada de tanto recorrido se echó a sus pies y le pidió que antes de escucharla, por favor hiciera traer agua fresca recién recogida y la bebiera. Asombrado con semejante petición no le hacía caso, pero ella que todavía cargaba su pequeña botella se la ofreció al rey, quien la miró desconfiado y le preguntó que si quería envenenarlo. Ella suplicante le dijo que allí estaba la solución a los problemas del reino y que si bebía, gustosa le contaría todo lo que en verdad pasaba. El viejo monarca estiró su mano, todavía en el quedaba algo de humildad y cariño por el reino y se bebió hasta la última gota de su contenido.
¡Fue asombroso!, pronto recuperó su vitalidad y llamando a la doncella a su lado, la escuchó atentamente. Sorprendido por tanta maldad, el mismo se ocupó de que todos bebieran agua fresca del río y cuando hubo recuperado a sus soldados, salió en busca de la malvada bruja para darle su merecido castigo. La encontraron preparando su pócima maldita y no pudo escapar, al verse cercada desde todos lados se arrojó a su propia hoguera y se consumió en ella, no sin antes maldecir y prometer que algún día volvería para vengarse. A la doncella, le fue concedida la recompensa y así su familia no tuvo que vivir más de lo que ella cazaba en el bosque. El reino se recuperó y cuentan los que por allí han pasado, que jamás conocieron tanta grandeza y amabilidad de las gentes de aquel lugar, que así superó… ¡sus días de tristeza!
FIN
Juan Pablo Riveros
2007

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